Hace ya medio siglo que llegó a España uno de los inventos que más ha cambiado las finanzas personales en los últimos tiempos. De la mano del entonces Banco de Bilbao (hoy BBVA), llegaban las tarjetas de crédito, una pieza de plástico que permitía a los usuarios pagar sin necesidad de llevar efectivo.

Desde aquel momento, el uso de las tarjetas se ha popularizado hasta máximos históricos en España y en toda Europa. Y es que parece que a las tarjetas todavía se los queda un largo recorrido. Desde el inicio de la pandemia, muchas tiendas prefieren este medio de pago, ya que minimiza el riesgo de contagio por COVID-19 y es mucho más rápido y seguro. En países como Dinamarca, las tiendas no están obligadas a aceptar efectivo y pueden cobrar solo por medios digitales desde 2016.

Una muestra de este momento de bonanza para las tarjetas es el número de cajeros automáticos, que el año pasado cayó hasta 49.764 máquinas, la cifra más baja desde 2001. Esta bajada, motivada por las fusiones bancarias y la optimización de los recursos ha hecho que la población saque cada vez menos dinero en efectivo y apueste por la tarjeta u otros medios digitales como puede ser el servicio de envío de dinero Bizum.

50 años evolucionando constantemente

Desde 1971, la tarjeta de crédito ha vivido muchos cambios en su forma: los números a las tarjetas para facilitar su usabilidad, la banda magnética, el chip electrónico y la inclusión del NFC son solo una pequeña muestra. Ahora estamos viviendo el momento en que las tarjetas viajan de nuestro monedero hacia los móviles y relojes inteligentes y nos permiten hacer pagos en cualquier lugar y en cualquier momento.

¿Hacia dónde nos llevará la evolución de las tarjetas? No lo sabemos, pero el que sí que tenemos claro es que le quedan muchos años de vida a esta forma de pago.

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